Otra de esas pocas entradas caóticas en mi blog. Si no me equivoco sólo hay una más de estas mucho tiempo atrás.
La soledad, un estado, una sensación y quizá un fugaz alivio a las penurias pareciera encandilarme con su frío fulgor ocacionalmente... Y siento como si no pudiera hacer nada bien... Y en días como estos no canto, no toco violín y no porque no quiera, sino porque no sale mi voz... ¿Qué pasa cuando tu voz deja de ser tuya por unos segundos? No sé que ocurre cuando intentas hablar pero tu voz no pareciera ser tuya y dice cosas que no estás pensando ni sintiendo... Como si interpretara una partitura de memoria sólo por complacencia de la audiencia... ¿Y a qué audiencia desearía complacer? ... Quizá a mi propia cabeza que se da una y mil vueltas buscando las respuestas que conozco pero que no me atrevo a murmurar en voz alta...
Nada te importa, nunca te importa. Las cosas no importan para ti. Nada te resulta de importancia. La importancia que le das al todo es nula. La gente no te interesa. Los animales no te importan. No te preocupas por tu entorno. Le restas valor a los demás... Un millón de maneras de decir lo que siempre me repites en apatía, como si buscaras crean mi mí melodías reiterativas que quedaran dentro de mi cabeza por la eternidad...
A mi me importa, siempre me importa. Las cosas son importantes para mí. Todo me resulta de importancia. La importancia que le doy a un todo es considerable. La gente me interesa. Los animales me importan. Me preocupo de mi entorno. Le sumo valor a los demás... Un millón de maneras de contrariar tus pensamientos crueles con los míos que son suaves y caritativos... Un intento desesperado de pensar que los polos opuestos siempre se atraen por complementarse...
Quiero poder gritar pero este lugar temporal en el que vivo está lleno de desconocidos que serían incapaces de comprender mis llamadas de auxilio y menos aún proporcionarme esa cálida comodidad o consuelo que uno siente en el hogar... Ah... Cómo extraño ese hogar donde puedo gritar a solas en mi habitación, teniéndome como propio consuelo ya que cada llaga, cara marca la he buscado yo misma en mi piel para que arda durante mi vida y me haga un poco más fuerte...
Y en el último segundo sólo soy capaz de decir...... Sostén mi mano antes que caiga... Sosténme fuerte que no quiero perder la voz...
Pero las palabras no supieron salir de sus labios y vio como con el tiempo el conde cambió sus costumbres. Ya no llegaba presuroso a buscarla. Ya no volvía con sus hermosos labios llenos de sangre fresca, sino que volvía recto, tranquilo y totalmente pulcro, haciendo ver que se tomaba todas las calmas para llegar a su hogar, y la muñequita comenzó a pensar lo impensable… Siempre había visto en ella misma una muñeca sin gracia: Cuando la construyeron faltó material, era obvio ya que sus mejillas no eran sonrojadas y vivas sino que eran pálidas casi hasta hacerla ver enferma. Sus ojitos llenos de esa suave melancolía que parecían tristes de haber pasado tantos años sola no eran como los ojos vivos de las demás, que parecían invitar a los compradores a desear sonreír… Incluso los detalles como sus ropas, que ahora el conde había cambiado por unas más elegantes, habían sido en un inicio algo pobres de color y detalles, pero eso no le había importado antes pues sabía que el dueño la había hecho con tanto amor como a sus geishas o sus princesas rusas… Quizá el conde había conocido a otra muñequita mucho más linda, alguna exótica joven de ojos azules y apariencia rusa que insinuaría con sus labios rojos muchas más palabras que la muñequita soñaba siquiera con decir. Esta preocupación devoraba lo poco maquillaje que simulaba su pintura, haciendo que sus labios delicados estuvieran a punto de fruncirse así se le destruyera toda la porcelana en ello.
Las víctimas del conde que nunca eran escasas parecían ser mucho más constantes últimamente, como si una especie de encanto más allá de lo sobrenatural se hubiera apoderado de ese hermoso vampiro. A pesar de tener las posibilidades de la sangre a su disposición, ésto no hacía mucho cambio a las rutinas del conde, que se alimentaba de una o dos muchachas antes de encaminarse al hogar, deteniéndose a la entrada durante largas horas, mirando la luna de modo perdido mientras llevaba un elaborado pañuelo con encajes a su boca y limpiaba los restos del banquete. Este inmortal parecía desalentado totalmente tras llegar a su hogar, era por eso que no quería entrar al castillo hasta verse pulcro para su muñequita… Esa muñequita que no estaba siquiera “no muerta” y que consumía sus días y noches, que inundaba su cuerpo con tantos sentimientos que había pensado que estaban muertos: La verdad era que estaba enamorado de una muñeca de porcelana, se había prendado completamente de lo que para cualquier niña sería un juguete de colección. El aspecto ligeramente apagado de aquella princesa, esos cabellos finos y negros en los que disfrutaba hundir su rostro para aspirar el aroma dulce de sus cabellos, esos labios perfectos y hermosos y sus ojos, aquellos benditos orbes llenos de esa sensación de melancolía que le enamoraba más y más… Se estaba volviendo loco por esa dama de porcelana.
Cuando llegó ese amanecer con su muñeca, entró tranquilo y limpio de todo rastro, dirigiéndose al cuarto donde reposaba su amada dama y la vio distinta, cosa que era imposible… Sintió que finalmente la locura se había apoderado de él y que todos los siglos de soledad le cobraban la cuenta; su muñeca le miraba con un dolor inusual, con un sufrimiento que él nunca había visto ni siquiera en los más míseros hombres, pero era imposible: Era una muñeca y las muñecas no tenían vida a menos de que se les hiciera algún ritual… Se acercó lentamente, dejando que su capa se arrastrara por la alfombra causando un ligero sonido de roce, se sentó a su lado, recorriendo con sus dedos los cabellos de esa tan amada y se atrevió a pronunciar lentamente a su muñeca: “¿Qué os trae tan acongojada,mi dulce muñequita?” y la respuesta fue obvia: El silencio y una penosa mirada que no podía esquivar la del conde aunque éste sentía que, de haber podido, ella hubiera mirado a otro lugar ocultando su dolor… Y una vez más, los labios de aquella dama no fueron capaces de articular todas esas palabras que conservaba celosamente para sí ni el dolor que estaba quebrando su pequeña e inocente alma.
Los días llenos de silencio continuaron durante un periodo de tiempo ligeramente largo, tiempo que para el conde fue una eternidad sólo por el hecho de sentirse solo. La verdad era que ahora, cuando llegaba y veía a su muñeca, sentía que ella no le miraba como antes… A veces se llegó a sentir culpable de dejarla sola para ir a cazar y pensó que la damita estaba resentida por los pocos cuidados que él le daba. La muñeca por su parte se sentía igual de mal ya que no podía decirle nada al conde y, de saber cómo hablar, no podría decirle mucho pues si estaba algo dolida.
¿Qué había pasado con esas cálidas tardes que compartían juntos aquellos amantes prohibidos? ¿Qué sería de aquel par de seres “inmortales” que ahora sólo se miraban con tristeza?... El conde comenzó a ausentarse más y más e incluso parecía divertirse más cazando presas que soportando el silencio agónico al que se veía enfrentado cuando estaba con su amada; la dama en tanto comenzó a hacer memoria de aquellos días en la juguetería y cómo su creador la cuidaba tan dulcemente a pesar de estar ella tan mal hecha. La soledad los estaba carcomiendo por dentro a pesar de estar ellos juntos y ya nada era lo mismo y entonces la muñeca recordó la única opción para salvaguardar este amor tan puro que tenía por él.
Alguna vez en su estante las vio por la noche… Eran algunas princesas indias y rusas que acompañadas por las geishas movían apenas unos milímetros sus labios para pronunciar el conjuro milenario, pasado de generación en generación entre aquellas hermosas muñecas de porcelana, que era el mismo que ayudaba a las damas de porcelanaa poder moverse y casi tener vida. Este conjuro era complejo y tenía varios reglamentos que no podían quebrarse: Si la muñeca era descubierta por un ser vivo se ganaba su muerte, siendo su porcelanaresquebrajada por el mismísimo diablo. Otra condición era que la muñeca no podía hacer durar este conjuro más que un par de horas, a lo sumo 6 o la frágil porcelana de su cuerpo iba a resentirse al punto de quebrarse por completo… “Bendito conjuro”, pensó para sí, dedicando así meses al intento en vano de mover sus labios; era complicado mover algo hecho para ser inmovible y a veces sentía como sus labios se resquebrajaban y se preguntaba tristemente si su dueño se daría cuenta de que estaba aún más demacrada que antes.
Aquella noche lo intentó una vez más, separando quizá un par de milímetros sus labios para pronunciar el conjuro secreto y tan resguardado que ningún vivo ha sido capaz de registrar, ni siquiera este escritor. Se sintió dolorida tras producir el sonido, aquel primer sonido casi muerto de sus labios, tan delicado que ni siquiera ella estuvo segura de haber dicho alguna palabra, pero el dolor intenso en las zonas de sus articulaciones parecían corroborar la efectividad del conjuro y, por primera vez, sintió dolor. Quizá quería gritar pero no sabía como hacer sonar sus cuerdas vocales por lo que se limitó a sentarse en su escaparate, mirando la puerta de la entrada fijamente hasta que sintió girarse la perilla y el lento movimiento de la puerta que se habría frente a sí:
-Buenos días, amo…- Susurró con su voz dulce y llena de amor.
¿Qué? –Susurró ligeramente alterado el conde que sentía invadido su hogar. Con prisas se apresuró a añadir. -¿Sabe dónde está, señorita?
-En mi hogar, conde. Respondió la dama de porcelana, levantando su cuerpo con dificultad y dejándose ver por él… “
El impacto del vampiro fue grande, pero no tanto como esperaba la muñeca y, en cierto modo, él reflejó su alivio de no estar volviéndose loco por creer que la muñeca estaba viva de algún modo. Se acercó el conde lentamente, a paso firme, mirando los ojos de la dama que aún conservaban ese aspecto melancólico y que ahora se acompañaban de los labios ligeramente fruncidos… Por primera vez veía la expresión de la chiquilla y era de total tristeza. No se rindió y dio un par de pasos más, extendiendo la diestra y con ella llevando el índice contra los suaves cabellos de la muñeca que apenas atino a unir los párpados en un reflejo.
- ¿Qué os tiene tan acongojada, mi princesita? –Volvió a preguntar como muchas veces antes lo había hecho.
- Pues mi amo ya no me quiere tanto. –Respondió casi marcial.
- ¿Qué no te quiero? Pero mi princesa, si yo te amo con todo mi corazón desde que te vi asomada en la vitrina.-
- Ahora sales de casa y no vuelves pronto por mí, ya no me cuidas como antes y los pájaros me contaron por la mañana que te vieron con doncellas tan bellas como la misma luna… Yo, por mi parte, sólo soy una muñeca que no puede reemplazar los placeres de la carne y ni siquiera… – Fue interrumpida abruptamente por el conde que sin vacilar acercó el rostro al punto de besar los labios fríos de porcelana.
Y así la llevó el conde a su hogar, un reino donde las sombras parecían jugar constantemente con la luz de las velas y la luna, cuando correspondía. En su mansión la dejó reposar en el jardín por las mañanas, aún si él sufría dolor por aquellos deliciosos rayos del sol que golpeaban de modo incesante su delicada y pálida piel; realmente no le importaba un poco de dolor a cambio de ver como la suave porcelana de aquella muñequita variaba en ligeros tonos dorados por las bondades del astro rey... Por las tardes, cuando ya se le hacía menos doloroso el enfrentar al sol, se iba el conde a buscar a su muñequita y la llevaba a donde quisiera ir: A veces a la biblioteca a leerle libros que a la damita le enseñaron sobre el mundo, la vida y las pasiones humanas. Otras veces a la sala de estar para que le hiciera compañía mientras él dormitaba. Estas últimas veces, parecía que el conde no pudiera vivir sin ella y le viera como una protectora que con su melancólica mirada velara por sus sueños.La muñeca disfrutó en demasía esta nueva vida; no estaba ya en un estante, pero las vistas de aquel nuevo hogar eran tan o más impresionantes que las que vio en su vitrina. El sol le refrescaba la piel cada mañana y eso la hacía sentir un placer constante, pero le causaba profundo dolor ver como padecía su dueño por satisfacer sus caprichos de princesa. En aquellas tardes de lectura se maravillaba con los mil cuentos que él ofrecía y que siempre le hacía preguntarse cómo se sentiría ser una mujer humana y poder disfrutar de todos los placeres y desdichas que ellas vivían... Finalmente, y lo que a ella más le llenaba, era poder vigilar el sueño de su amo, poder mirar como sus largas pestañas repetían ese constante y nervioso movimiento del sueño profundo, batiéndose ligeramente a veces y algunas otras quedándose casi inhertes, también le gustaba mirar el movimiento de sus labios, que parecían proferir palabras de amor en sus sueños donde de seguro recordaba sus propias pasiones humanas que alguna vez le acompañaron antes de pasar a ser un "inmortal"... Las noches eran otro cuento, pues el conde debía abandonar a su amante eterna para buscar el alimento de cada día y, aunque le diera incluso cierta vergüenza el llegar manchado en sangre, volvía lo antes posible con su dama. Apenas encontraba una víctima la tomaba sin miramientos para luego correr a su hogar, buscando con desespero la mirada triste de su princesita, casi con miedo de que esta muñequita hubiera sido capaz de moverse por si misma y escapar de aquel monstruo que robaba vidas para mantener la propia... Pero no, apenas entraba en su hogar le veía sonriendo tristemente, casi llorando por haber estado sola tanto tiempo pero totalmente encantada de un reencuentro. Él siempre se preguntaba porqué era que la muñequita parecía cambiar su mirada cuando él no estaba, como si estuviera realmente viva e incluso pensó que en verdad era una chiquilla atrapada en aquella muñequita de porcelana pero lo cierto era que la única razón por la que la muñeca aprendió a mirar de diversos modos fue por el intenso amor que comenzó a sentir por aquel vampiro... Un amor tan intenso que insuflaba con una sobrenatural vida a la muñeca que hubiera deseado poder tener más capacidades para decir aunque fuera una vez a ese conde cuanto le amaba... Si tan sólo hubiera podido separar sus labios para dejar que esa voz que siempre quiso tener fuera capaz de articular las más bellas palabras de amor a su conde...
Era una muñequita pequeña de porcelana, que todos los días miraba desde su vitrina la nieve caer a la calle. El gris suelo tiñéndose con el suave color blanco de aquella escarcha era algo hermoso para sus ojitos plateados: Un espectáculo que ni mil millones de monedas de oro podrían pagar y que ella disfrutaba gratis cada noche.
No era fea, pero no era tan linda como las otras que habían ido y venido con prontitud de la juguetería. Quizá era por su carita rechoncha o porque su fabricante olvidó poner el suficiente rubor en sus mejillas el motivo por el cual nadie la compraba, pero a ella no le importaba que sus mejillas fueran blancas como la misma nieve que caía o que sus ojitos plateados no resaltaran tanto como los orbes azules y verdes de sus hermanas, tampoco le importaba que su cabello fuera demasiado oscuro y eso la hiciera ver en extremo pálida: Ella era feliz.
Un día, sin más, entró un varón, bastón en mano. Era un sujeto joven y muy altivo que contrastaba perfectamente con la nieve que había caído sobre la copa de su sombrero negro. Con paso ligero pareció flotar por aquel piso de madera al punto que no causó sonido alguno en aquellos viejos tablones que rechinaban siempre que llegaba una visita… Por primera vez sus ojos se encontraron y la muñequita pareció perdida en el profundo negro de los orbes ajenos mientras su compañero se perdía en el brillo de aquellos cabellos negros y ligeramente ondulados de la pequeña muñequita.
-Disculpe, señor.- Susurró el recién llegado cuya voz era simplemente exquisita. -Ah… Una noche fría, en verdad –Respondió de modo quedo el dueño de la juguetería.- ¿Qué necesita, joven? –Terminó por responder a la inquietud del comprador. -Una muñeca. Necesito una muñeca pero no cualquier damita de porcelana; necesito una tan especial que nadie pueda negar que es mía.- Continuó su discurso con calma y haciendo que su timbre de voz resonara en casa estantería.- -Pues las tenemos muy bonitas, messieur. Podría usted, si gusta, mirar las hermosas muñequitas inspiradas en princesas, que a usted que se ve tan distinguido le harían una excelente pareja, o quizá preferiría el señor algo más exótico. –El viejo, a pesar de su avanzada edad, se movió con agilidad entre las vitrinas señalando algunas cuantas muñecas vestidas con motivos orientales y de hermosos ojos rasgados. -Pues son todas hermosas, pero no. Yo he visto a una linda damita mirar por la ventana cada día la nieve caer. Esas damas preciosas no se ven todos los días, si sabe a lo que me refiero – A medida que las palabras salían de sus labios una sonrisa leve se dibujaba en el joven. ¡Pero qué curioso! El joven pareciera enamorado de las muñecas de porcelana y ese es un buen dueño. Afortunada sea la muñeca que se vaya con usted… -Dirigió su mirada a la vitrina, reconociendo a la muñeca ligeramente desaliñada y de mirada triste que hacía tanto tiempo había fabricado.- ¿Esa es la que le interesa? –Preguntó sin esperar respuesta y se dirigió hasta la doncella, sacándola de vitrina y posándola frente al joven. ¡Esa misma! –Respondió para luego hacer una leve reverencia frente a la muñequita.- Buenas noches, mademoiselle. Espero usted quiera acompañar a este solitario conde en sus noches llenas de melancolía.
No necesitó respuesta pues le pareció ver que el brillo de sus ojitos plateados le decía un “Sí” fuerte y claro. Pagó el conde al vendedor y se llevó entre sus brazos, envuelta tal como a un recién nacido, a su nueva compañera. Apenas llegó a su hogar la colocó en un pequeño estante de cristal fino junto a su cama y, tras recostarse, dedicó muchas de las horas de su noche a mirarla, a contemplar aquellos hermosos labios faltos de color y esas mejillas redondeadas y pálidas. La muñequita, por su parte, se dedicaba a mirar esos ojos negros y dejarse imbuir de su misterio, dejarse poseer por la belleza de aquel hombre que la había querido justamente por lo que nadie la había comprado antes… Era el inicio de un amor muy particular entre un vampiro y una muñeca de porcelana.
Hubieron incontables pecados en su vida, pero esa doncella jamás se negó a si misma las posibilidades de ser feliz... Después de todo ¿Quién no ha pecado alguna vez en beneficio propio?
Su vida parecía ir entorno a notas perdidas en un pentagrama universal y aún no comprendía que cada pequeño suspiro formaba parte de una composición de excelencia total... Tal como dicen: Uno no puede definir un diseño con ver sólo un punto del mismo. Se necesita mirar desde un poco más atrás para definir las preciosas formas que se intentan reproducir...
En fin, a lo que nos concierne. Esa chiquilla de pálida piel jamás pensó en buscar realmente su felicidad; esperaba que llegara a sus brazos sin ella tener la obligación de sufrir como tantos mártires que había conocido... Ese ser devoto de alguna causa en particular siempre le había parecido un sacrificio más estúpido que noble... Hasta que le conoció.
De piel morena y una mirada penetrante era el guardia que había ingresado a la elite de guerreros que debían cuidar aquel castillo del que ella era habitante y, más que habitante, parecía un adorno que intentaba dar vida a esos pasillos lúgubres que con sus sombras y humedad asustaban a algunos pasantes. Este joven del que se hablaba tanto recientemente destacaba por su corta edad y su magnifica habilidad con la espada... Habilidad casi demoniaca pues se habría encargado él solo de unos 20 hombres en la última disputa del pueblo.
Se vieron una y mil veces durante las guardias, las cenas y los bailes pero jamás pudieron expresar su amor, pues un guerrero no podría tomar la mano de un princesa ni siquiera si llegara a obtener el rango de héroe. Fue así que los años pasaron y la princesa cayó gravemente enferma y la única cura estaba en un reinado lejos de allí, esperando por un fiel caballero que fuera por él.
Aquella mañana salió en marcha el guerrero enamorado a enfrentar todas las fatalidades que la vida le pudiera preparar por luchar por una doncella enferma y con los meses su voz se perdió en ecos de silencio y lo que antes era un rumor potente de su triunfo se apagó lentamente. La princesa, por su parte, cada día estaba más cerca de abrazar la muerte pero su deseo de estar con el guerrero la hacían esperar...
No se supo con certeza cuánto tiempo pasó antes de que el guerrero volviera con la medicina: Había cruzado el mar y muchas tierras por una mujer y llevaba la prueba física de todo su amor... Entró al castillo rápidamente y entregó a modo de propuesta matrimonial una pequeña botellita con el elixir de la vida... Elixir que era inútil ya pues la princesa había muerto pocos segundos antes de que pudiera su amado enseñar su trofeo... Y así terminó el hombre sólo y con una botella de magia de cuentos de hadas que jamás podría utilizar, pues su princesa del "feliz para siempre" se le había adelantado en el viaje final.
Intentó por todos los medios complacer a su príncipe; De una y mil maneras se vistió para aquel agrio chiquillo que reclamó con dulce sonrisa su inocencia y su corazón.
Cierto era que la Cenicienta ya no sufría por ser una hermanastra condenada a los quehaceres del inmenso castillo, pero ahora era peor, puesto que debía sacrificarse al doble para estar a la altura de su "final feliz". ¿Cómo fue que aquella zapatilla de cristal la condenó a servir ciegamente a un monarca infantil que no sabía ver la belleza de tan angelical rostro?... Ella nunca supo responderse aquella interrongante.
Ahora, tras su "Final feliz" aún se sentía triste y amargada: Sí, quizá tuvo que comer con cerdos pero era mil veces mejor ello a tener que ver a su "Príncipe azul" escupiendo veneno cual serpiente sobre su mesa, sobre su cama y sobre su delicado cuerpo... No soportaba ya ver esos labios que alguna vez la besaron con tanta devoción en este presente donde sólo servían para amargar a quienes le rodeaban, donde sólo se incubaban mentiras dignas del mejor estafador y que a ojos de la doncella no eran ni más ni menos que la prueba de que sus constantes esfuerzos por hacerlo un mejor hombre no estaban surtiendo su mágico efecto.
Así la dama continuó aguantando un poco más cada día, esperando con fe que su príncipe abriera los ojos un día y viera el hermoso día que se les regalaba para disfrutar juntos y no cada quien por su parte, como solía pasar ya hace un año... Así continuó la dama rezando por un milagro que fuera capaz de devolverle a su hombre, su felicidad, su humildad y sobre todo ese "Final Feliz" que escuchó pronunciar a su hada alguna vez, mucho tiempo atrás...
Caminabas entre sombras, te eran placenteras pero me has visto en ellas y te has asustado en tu interior. Sabes bien quién soy, ni por un momento dudaste y en cuanto me viste acercar gritaste a todo pulmón: "Se acerca la muerte, se acerca mi verdugo"
Con una sonrisa descubrí mi rostro, me veo sólo como una mujer. Entre miedo y sonrojos: "Eres bella", me hiciste saber y con reverencia acepté el cumplido y te invité a comer.
Tenías miedo pero aceptaste, vi en tus ojos lujuría al rozarme... ¿Acaso ni en el final los humanos dejan sus sentimientos? Me reí... Te avergonzaste y susurraste bien bajito: "Perdón, dama mía, perdón señorita del final".
Terminamos de comer y entre mis pechos recostaste tu cabeza, estabas más que satisfecho, lo sé con certeza. Aún si tanto me temías, te dormiste... Incluso te pasaste, besándome un sin fin de veces... Tras despertar me viste reposando a tu lado, envuelta en mi manta, abrazada a ti, desnuda totalmente, pero cubierta por telas negras que ocultaron mi palidéz.
Se acercaba el momento, servía pronto tu fin y cuando el beso mío, aquel dulce y fatal iba a llegar a tus labios, me detuviste, mas no por miedo; me dijiste: "Te amo" y besándome caíste muerto al suelo, dejándome con algo en el pecho que jamás comprendí.
Pasan las horas... Las siento avanzar... Estoy aquí esperándote ¿Cuándo vas a regresar? Sé que hace poco nos separamos, pero en mi mente tú eres lo único deseado.
Pasó la mañana; tú debite estar soñando... Durmiendo mientras yo por ti despertaba, descansando a la vez que yo iba mi cuerpo levantando... Tic-tac hizo el reloj y, sin darme cuenta, eran las dos.
Pasó la tarde como cada día, yo trabajando mientras me pregunto si bien estarás... Aún ahora me cuestiono ¿Qué habrás hecho= ¿Me pensarás?
Y llega la preciada noche que hoy tiene pocas estrellas: Se han perdido las más bellas porque tú no estás aquí. Siento tu ausencia como un dolor en el pecho, como una lanceta que dio contra mi cuerpo.
Cansada me recuesto, no te he vuelto a ver, pero confío en que sea cierto, que me creas que te quiero y en respuesta tú me quieras a mí.
Los grandes errores tienen grandes precios tal como el puro amor encuentra refugio en un beso. Yo encontraré donde guarecerme: En el olvido.
Amargo fue el néctar que bebí de mi rosa, amargo y sombrío que ahora es lo que acosa. Un alma en pena, una que es la mía y dubita entre anhelos; camina entre penumbras.
Al cielo grito con todas mis fuerzas más fuerte que un trueno al resonar en tormenta, pero nadie oye a la princesa; ni siquiera su guerrero, en armadura de plata, y ésto es debido a su inconsecuencia, a sus faltas de niña mimada... a su actitud de damita malcriada.
No llega el caballero y pasan las horas. No llega el caballero y me siento sola... ¿Qué te hice, gentil siervo mío? ¿Cómo fue que corrompí tu pureza y destruí tu corazón? No respondas; lo imagino. No me digas que fue mi infantilismo.
Joven chica sin corazón. Soy la princesa sin alma, la que no tiene amor. Joven caballero de alma resquebrajada, perdona por su inmadurez a tu princesa, la condenada. y si en tu corazón quedan restos de sentimientos, ven a mi corriendo que con mi pena ganaré tu paz.
Esperó mil amaneceres encerrada en su torre, mirando a través de aquella pequeña ventana del cuarto más alto de todo su castillo, rodeada de las doncellas incandecentes que adornaban su pálido cuerpo con destellos residuales de luz... Quería ver a su amado sol así fuera una vez, la única vez necesaria para delatar a su amado la esencia del amor tan apasionado que él encendía en su frágil cuerpo...
Esperó todo el día a que la dejaran escapar de su encierro con el único anhelo de cruzar miradas con aquel hermoso sol, que probablemente ni siquiera sabía de su existencia... Mucho menos de su amor. Vio las horas pasar y a su astro caer por los cielos, de modo lento y tran gracioso que parecía un espectáculo digno del mejor teatro: Una puesta en escena magnífica. Esperó mil crepúsculos por la llegada de su bien amado, adornándose ya con los últimos vestigios de sus alajas, iluminándose sus ropas cual doncella, tejièndose en su blanco tul las perlas de la noche, mismas que las estrellas habían puesto tan delicadamente... Al fin se abrió la puerta y ella corrió rauda y veloz por entre las montañas, saliendo por el extremo opuesto de la entrada celestial sólo para ver a su amado perderse en el mar...
Esperó mil noches por la llegada de su astro rey... Le rezó a las estrellas porque la dejaran quedarse en vela un poco más... Sólo un poco más, tras el nuevo crepúsculo para ver si así podía admirar la belleza de su amado sol. Estuvo caminando lentamente entre aquel cielo nocturno, dejando que sus blancos adornos se esparcieran en todo esplendor y que sus damas de compañía admiraran la tristeza de su mirada.
Esperó y esperó toda una eternidad por un milagro y aún hoy se la ve correr desesperada tras aquel sol que apenas la ve corre con cierto miedo por esa belleza tan demencial que le acecha a cada segundo...
Y así la princesa escapó del castillo, corrió por el valle de lo desconocido...Nubes altas en el cielo, pronto empezó a llover... "Las lágrimas del cielo, la lluvia del alma": dijo para sí y continuo su camino por el sendero del bosque al que se adentro rapidamente; Pronto los truenos empezaron a gritar en la noche... "Los lamentos de la tierra, los truenos del sollozo": murmuro ella, bajo...Le encantaba encontrar un sentido poético a todo ((Lo sé, es como yo - -)) Estaba llegando a destino, faltaba a lo sumo unos 5m cuando un rayo justo frente a sus ojos partió en dos uno de los árboles del bosque, ella quedó maravillada con la imagen del rayo impactando y se dijo tranquilamente: "Las venas del cielo"... Llegó al prado, ese donde solían verse ella y su amado, pero él no estaba...Lo buscó freneticamente por el prado y de repente algo llamó su atención: Una mancha roja...era sangre! Siguió el rastro temiendo lo peor y allí lo vio, tirado en el piso desangrándose; Corrió la dama de blanco vestido al amado, se arrodilló a su lado y su vestido mancho de roja sangre que brotaba del pecho del joven: Una herida mortal se le había propinado y él por verla a ella no la había curado. Yacía un amante moribundo y una princesa manchada en sangre...No hubieron palabras, sólo un beso en los labios, el más dulce que pudo haber entre amantes de cualquier parte, sellaron el llanto de la dama bajo la tierna lluvia; sellaron la agonía del "cavalier"...Murió el joven en medio del beso, una muerte perfecta sentía el con el beso mientras se apagó su vida...el beso más amargo para su doncella preciada...era el fin Alzó ella su cuerpo pesadamente, miró su vestido en sangre marcado, y no en cualquier sangre sino en la de su amado...Se sentía muerta, desecha. Palideció y echo a correr sin medir lo que hacía: La sangre llevaba un aroma que atraía a las bestias...corrió sin cesar, pasó el prado y en el bosque, se topó con una jauría de lobos sedientos de sangre. Desgarraron su vestido, abrieron su carne, cada uno tomó su parte del festín...un cuerpo, de lo que alguna vez fue una hermosa princesa, yacía a medio comer en el piso, con una mirada talvez alegre en lo que quedaba de sus ojos...en aquella agonía ella al fin podría estar con su cavalier amado...dejó por ello en prenda al cielo su cuerpo destrozado.
La princesa gritó con furia y fuerza a los siete mares, al cielo único del infinito, a cada estrella viva o muerta a la distancia, a la luna y a su propio pecho que arrancara el dolor que la estaba consumiendo, que alguien matara a ese dragón de fuego que hervía su sangre y reventaba dolorosamente sus venas con cada día.
Uno, dos, tres días esperó la princesa cuya piel era blanca como el mármol dándole una apariencia casi de ultratumba, una hermosa muerta en vida, una flor arrancada del piso por un caprichoso niño que jugó a ser Dios cortando su vida justo cuando ella florecía a los ojos del mundo. Tras aquellos días llenos de dolor en que la angustia era como una pus saliendo de su alma, infectándola y manchando todo aquello que era sagrado en ella; borrando su belleza de juventud y robando el brillo de aquellos esplendorosos ojos color esperanza, color que ahora era nada más que un reflejo de un pantano perdido y lleno de bestias sedientas de sangre... La chica, aquella hermosa dama se vio envuelta en su propio dolor e ira y tomo, entre aquellas hermosas manos que alguna vez sostuvieron las más hermosas rosas, una daga de plata justiciera que hiciera por ella lo que nadie se atrevió a hacer antes: Tocarla con suavidad consoladora.
Un atisbo de la luz de luna se asomó a la chica que hundía aquel filo plateado contra su pecho, rompiendo las finas ropas de seda que cubrían aquel inmaculado cuerpo y destrozando éste también con su delicadeza y hermosura. La sangre, aquel vitae manó con fuerza por la herida cuando ella retiro el filo, salpicando las blancas sábanas donde la chica yació tantas veces, ardiendo ante la esperanza de ser rescatada, fue así como el suave rocío rojo resbaló por sus pequeños y hermosos pechos a su vientre y luego a su puro ser, por sus piernas, escurría casi devorando a la que hubiera sido una hermosa dama, dejándola a medio morir y sólo con el tiempo necesario para que ella mirara una vez más a su amada compañera, la luna, que eternas noches le amó con devoción infantil sólo por su belleza y que ahora la vio partir en la más lenta de las agonías: La agonía de creer en sueños de alas grandes que le llevaban volando ahora hacia el infierno.