- Era una muñequita pequeña de porcelana, que todos los días miraba desde su vitrina la nieve caer a la calle. El gris suelo tiñéndose con el suave color blanco de aquella escarcha era algo hermoso para sus ojitos plateados: Un espectáculo que ni mil millones de monedas de oro podrían pagar y que ella disfrutaba gratis cada noche.
No era fea, pero no era tan linda como las otras que habían ido y venido con prontitud de la juguetería. Quizá era por su carita rechoncha o porque su fabricante olvidó poner el suficiente rubor en sus mejillas el motivo por el cual nadie la compraba, pero a ella no le importaba que sus mejillas fueran blancas como la misma nieve que caía o que sus ojitos plateados no resaltaran tanto como los orbes azules y verdes de sus hermanas, tampoco le importaba que su cabello fuera demasiado oscuro y eso la hiciera ver en extremo pálida: Ella era feliz.
Un día, sin más, entró un varón, bastón en mano. Era un sujeto joven y muy altivo que contrastaba perfectamente con la nieve que había caído sobre la copa de su sombrero negro. Con paso ligero pareció flotar por aquel piso de madera al punto que no causó sonido alguno en aquellos viejos tablones que rechinaban siempre que llegaba una visita… Por primera vez sus ojos se encontraron y la muñequita pareció perdida en el profundo negro de los orbes ajenos mientras su compañero se perdía en el brillo de aquellos cabellos negros y ligeramente ondulados de la pequeña muñequita.
-Disculpe, señor.- Susurró el recién llegado cuya voz era simplemente exquisita.
-Ah… Una noche fría, en verdad –Respondió de modo quedo el dueño de la juguetería.- ¿Qué necesita, joven? –Terminó por responder a la inquietud del comprador.
-Una muñeca. Necesito una muñeca pero no cualquier damita de porcelana; necesito una tan especial que nadie pueda negar que es mía.- Continuó su discurso con calma y haciendo que su timbre de voz resonara en casa estantería.-
-Pues las tenemos muy bonitas, messieur. Podría usted, si gusta, mirar las hermosas muñequitas inspiradas en princesas, que a usted que se ve tan distinguido le harían una excelente pareja, o quizá preferiría el señor algo más exótico. –El viejo, a pesar de su avanzada edad, se movió con agilidad entre las vitrinas señalando algunas cuantas muñecas vestidas con motivos orientales y de hermosos ojos rasgados.
-Pues son todas hermosas, pero no. Yo he visto a una linda damita mirar por la ventana cada día la nieve caer. Esas damas preciosas no se ven todos los días, si sabe a lo que me refiero – A medida que las palabras salían de sus labios una sonrisa leve se dibujaba en el joven.
¡Pero qué curioso! El joven pareciera enamorado de las muñecas de porcelana y ese es un buen dueño. Afortunada sea la muñeca que se vaya con usted… -Dirigió su mirada a la vitrina, reconociendo a la muñeca ligeramente desaliñada y de mirada triste que hacía tanto tiempo había fabricado.- ¿Esa es la que le interesa? –Preguntó sin esperar respuesta y se dirigió hasta la doncella, sacándola de vitrina y posándola frente al joven.
¡Esa misma! –Respondió para luego hacer una leve reverencia frente a la muñequita.- Buenas noches, mademoiselle. Espero usted quiera acompañar a este solitario conde en sus noches llenas de melancolía.
No necesitó respuesta pues le pareció ver que el brillo de sus ojitos plateados le decía un “Sí” fuerte y claro. Pagó el conde al vendedor y se llevó entre sus brazos, envuelta tal como a un recién nacido, a su nueva compañera. Apenas llegó a su hogar la colocó en un pequeño estante de cristal fino junto a su cama y, tras recostarse, dedicó muchas de las horas de su noche a mirarla, a contemplar aquellos hermosos labios faltos de color y esas mejillas redondeadas y pálidas. La muñequita, por su parte, se dedicaba a mirar esos ojos negros y dejarse imbuir de su misterio, dejarse poseer por la belleza de aquel hombre que la había querido justamente por lo que nadie la había comprado antes… Era el inicio de un amor muy particular entre un vampiro y una muñeca de porcelana.
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miércoles, 1 de julio de 2009
La muñeca 1
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