Y así la llevó el conde a su hogar, un reino donde las sombras parecían jugar constantemente con la luz de las velas y la luna, cuando correspondía. En su mansión la dejó reposar en el jardín por las mañanas, aún si él sufría dolor por aquellos deliciosos rayos del sol que golpeaban de modo incesante su delicada y pálida piel; realmente no le importaba un poco de dolor a cambio de ver como la suave porcelana de aquella muñequita variaba en ligeros tonos dorados por las bondades del astro rey... Por las tardes, cuando ya se le hacía menos doloroso el enfrentar al sol, se iba el conde a buscar a su muñequita y la llevaba a donde quisiera ir: A veces a la biblioteca a leerle libros que a la damita le enseñaron sobre el mundo, la vida y las pasiones humanas. Otras veces a la sala de estar para que le hiciera compañía mientras él dormitaba. Estas últimas veces, parecía que el conde no pudiera vivir sin ella y le viera como una protectora que con su melancólica mirada velara por sus sueños. La muñeca disfrutó en demasía esta nueva vida; no estaba ya en un estante, pero las vistas de aquel nuevo hogar eran tan o más impresionantes que las que vio en su vitrina. El sol le refrescaba la piel cada mañana y eso la hacía sentir un placer constante, pero le causaba profundo dolor ver como padecía su dueño por satisfacer sus caprichos de princesa. En aquellas tardes de lectura se maravillaba con los mil cuentos que él ofrecía y que siempre le hacía preguntarse cómo se sentiría ser una mujer humana y poder disfrutar de todos los placeres y desdichas que ellas vivían... Finalmente, y lo que a ella más le llenaba, era poder vigilar el sueño de su amo, poder mirar como sus largas pestañas repetían ese constante y nervioso movimiento del sueño profundo, batiéndose ligeramente a veces y algunas otras quedándose casi inhertes, también le gustaba mirar el movimiento de sus labios, que parecían proferir palabras de amor en sus sueños donde de seguro recordaba sus propias pasiones humanas que alguna vez le acompañaron antes de pasar a ser un "inmortal"... Las noches eran otro cuento, pues el conde debía abandonar a su amante eterna para buscar el alimento de cada día y, aunque le diera incluso cierta vergüenza el llegar manchado en sangre, volvía lo antes posible con su dama. Apenas encontraba una víctima la tomaba sin miramientos para luego correr a su hogar, buscando con desespero la mirada triste de su princesita, casi con miedo de que esta muñequita hubiera sido capaz de moverse por si misma y escapar de aquel monstruo que robaba vidas para mantener la propia... Pero no, apenas entraba en su hogar le veía sonriendo tristemente, casi llorando por haber estado sola tanto tiempo pero totalmente encantada de un reencuentro. Él siempre se preguntaba porqué era que la muñequita parecía cambiar su mirada cuando él no estaba, como si estuviera realmente viva e incluso pensó que en verdad era una chiquilla atrapada en aquella muñequita de porcelana pero lo cierto era que la única razón por la que la muñeca aprendió a mirar de diversos modos fue por el intenso amor que comenzó a sentir por aquel vampiro... Un amor tan intenso que insuflaba con una sobrenatural vida a la muñeca que hubiera deseado poder tener más capacidades para decir aunque fuera una vez a ese conde cuanto le amaba... Si tan sólo hubiera podido separar sus labios para dejar que esa voz que siempre quiso tener fuera capaz de articular las más bellas palabras de amor a su conde...
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lunes, 20 de julio de 2009
La muñeca 2
Y así la llevó el conde a su hogar, un reino donde las sombras parecían jugar constantemente con la luz de las velas y la luna, cuando correspondía. En su mansión la dejó reposar en el jardín por las mañanas, aún si él sufría dolor por aquellos deliciosos rayos del sol que golpeaban de modo incesante su delicada y pálida piel; realmente no le importaba un poco de dolor a cambio de ver como la suave porcelana de aquella muñequita variaba en ligeros tonos dorados por las bondades del astro rey... Por las tardes, cuando ya se le hacía menos doloroso el enfrentar al sol, se iba el conde a buscar a su muñequita y la llevaba a donde quisiera ir: A veces a la biblioteca a leerle libros que a la damita le enseñaron sobre el mundo, la vida y las pasiones humanas. Otras veces a la sala de estar para que le hiciera compañía mientras él dormitaba. Estas últimas veces, parecía que el conde no pudiera vivir sin ella y le viera como una protectora que con su melancólica mirada velara por sus sueños. La muñeca disfrutó en demasía esta nueva vida; no estaba ya en un estante, pero las vistas de aquel nuevo hogar eran tan o más impresionantes que las que vio en su vitrina. El sol le refrescaba la piel cada mañana y eso la hacía sentir un placer constante, pero le causaba profundo dolor ver como padecía su dueño por satisfacer sus caprichos de princesa. En aquellas tardes de lectura se maravillaba con los mil cuentos que él ofrecía y que siempre le hacía preguntarse cómo se sentiría ser una mujer humana y poder disfrutar de todos los placeres y desdichas que ellas vivían... Finalmente, y lo que a ella más le llenaba, era poder vigilar el sueño de su amo, poder mirar como sus largas pestañas repetían ese constante y nervioso movimiento del sueño profundo, batiéndose ligeramente a veces y algunas otras quedándose casi inhertes, también le gustaba mirar el movimiento de sus labios, que parecían proferir palabras de amor en sus sueños donde de seguro recordaba sus propias pasiones humanas que alguna vez le acompañaron antes de pasar a ser un "inmortal"... Las noches eran otro cuento, pues el conde debía abandonar a su amante eterna para buscar el alimento de cada día y, aunque le diera incluso cierta vergüenza el llegar manchado en sangre, volvía lo antes posible con su dama. Apenas encontraba una víctima la tomaba sin miramientos para luego correr a su hogar, buscando con desespero la mirada triste de su princesita, casi con miedo de que esta muñequita hubiera sido capaz de moverse por si misma y escapar de aquel monstruo que robaba vidas para mantener la propia... Pero no, apenas entraba en su hogar le veía sonriendo tristemente, casi llorando por haber estado sola tanto tiempo pero totalmente encantada de un reencuentro. Él siempre se preguntaba porqué era que la muñequita parecía cambiar su mirada cuando él no estaba, como si estuviera realmente viva e incluso pensó que en verdad era una chiquilla atrapada en aquella muñequita de porcelana pero lo cierto era que la única razón por la que la muñeca aprendió a mirar de diversos modos fue por el intenso amor que comenzó a sentir por aquel vampiro... Un amor tan intenso que insuflaba con una sobrenatural vida a la muñeca que hubiera deseado poder tener más capacidades para decir aunque fuera una vez a ese conde cuanto le amaba... Si tan sólo hubiera podido separar sus labios para dejar que esa voz que siempre quiso tener fuera capaz de articular las más bellas palabras de amor a su conde...
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