
Hubieron incontables pecados en su vida, pero esa doncella jamás se negó a si misma las posibilidades de ser feliz... Después de todo ¿Quién no ha pecado alguna vez en beneficio propio?
Su vida parecía ir entorno a notas perdidas en un pentagrama universal y aún no comprendía que cada pequeño suspiro formaba parte de una composición de excelencia total... Tal como dicen: Uno no puede definir un diseño con ver sólo un punto del mismo. Se necesita mirar desde un poco más atrás para definir las preciosas formas que se intentan reproducir...
En fin, a lo que nos concierne. Esa chiquilla de pálida piel jamás pensó en buscar realmente su felicidad; esperaba que llegara a sus brazos sin ella tener la obligación de sufrir como tantos mártires que había conocido... Ese ser devoto de alguna causa en particular siempre le había parecido un sacrificio más estúpido que noble... Hasta que le conoció.
De piel morena y una mirada penetrante era el guardia que había ingresado a la elite de guerreros que debían cuidar aquel castillo del que ella era habitante y, más que habitante, parecía un adorno que intentaba dar vida a esos pasillos lúgubres que con sus sombras y humedad asustaban a algunos pasantes. Este joven del que se hablaba tanto recientemente destacaba por su corta edad y su magnifica habilidad con la espada... Habilidad casi demoniaca pues se habría encargado él solo de unos 20 hombres en la última disputa del pueblo.
Se vieron una y mil veces durante las guardias, las cenas y los bailes pero jamás pudieron expresar su amor, pues un guerrero no podría tomar la mano de un princesa ni siquiera si llegara a obtener el rango de héroe. Fue así que los años pasaron y la princesa cayó gravemente enferma y la única cura estaba en un reinado lejos de allí, esperando por un fiel caballero que fuera por él.
Aquella mañana salió en marcha el guerrero enamorado a enfrentar todas las fatalidades que la vida le pudiera preparar por luchar por una doncella enferma y con los meses su voz se perdió en ecos de silencio y lo que antes era un rumor potente de su triunfo se apagó lentamente. La princesa, por su parte, cada día estaba más cerca de abrazar la muerte pero su deseo de estar con el guerrero la hacían esperar...
No se supo con certeza cuánto tiempo pasó antes de que el guerrero volviera con la medicina: Había cruzado el mar y muchas tierras por una mujer y llevaba la prueba física de todo su amor... Entró al castillo rápidamente y entregó a modo de propuesta matrimonial una pequeña botellita con el elixir de la vida... Elixir que era inútil ya pues la princesa había muerto pocos segundos antes de que pudiera su amado enseñar su trofeo... Y así terminó el hombre sólo y con una botella de magia de cuentos de hadas que jamás podría utilizar, pues su princesa del "feliz para siempre" se le había adelantado en el viaje final.


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