La princesa gritó con furia y fuerza a los siete mares, al cielo único del infinito, a cada estrella viva o muerta a la distancia, a la luna y a su propio pecho que arrancara el dolor que la estaba consumiendo, que alguien matara a ese dragón de fuego que hervía su sangre y reventaba dolorosamente sus venas con cada día.
Uno, dos, tres días esperó la princesa cuya piel era blanca como el mármol dándole una apariencia casi de ultratumba, una hermosa muerta en vida, una flor arrancada del piso por un caprichoso niño que jugó a ser Dios cortando su vida justo cuando ella florecía a los ojos del mundo. Tras aquellos días llenos de dolor en que la angustia era como una pus saliendo de su alma, infectándola y manchando todo aquello que era sagrado en ella; borrando su belleza de juventud y robando el brillo de aquellos esplendorosos ojos color esperanza, color que ahora era nada más que un reflejo de un pantano perdido y lleno de bestias sedientas de sangre... La chica, aquella hermosa dama se vio envuelta en su propio dolor e ira y tomo, entre aquellas hermosas manos que alguna vez sostuvieron las más hermosas rosas, una daga de plata justiciera que hiciera por ella lo que nadie se atrevió a hacer antes: Tocarla con suavidad consoladora.
Un atisbo de la luz de luna se asomó a la chica que hundía aquel filo plateado contra su pecho, rompiendo las finas ropas de seda que cubrían aquel inmaculado cuerpo y destrozando éste también con su delicadeza y hermosura. La sangre, aquel vitae manó con fuerza por la herida cuando ella retiro el filo, salpicando las blancas sábanas donde la chica yació tantas veces, ardiendo ante la esperanza de ser rescatada, fue así como el suave rocío rojo resbaló por sus pequeños y hermosos pechos a su vientre y luego a su puro ser, por sus piernas, escurría casi devorando a la que hubiera sido una hermosa dama, dejándola a medio morir y sólo con el tiempo necesario para que ella mirara una vez más a su amada compañera, la luna, que eternas noches le amó con devoción infantil sólo por su belleza y que ahora la vio partir en la más lenta de las agonías: La agonía de creer en sueños de alas grandes que le llevaban volando ahora hacia el infierno.


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