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lunes, 20 de julio de 2009

La muñeca 3


Pero las palabras no supieron salir de sus labios y vio como con el tiempo el conde cambió sus costumbres. Ya no llegaba presuroso a buscarla. Ya no volvía con sus hermosos labios llenos de sangre fresca, sino que volvía recto, tranquilo y totalmente pulcro, haciendo ver que se tomaba todas las calmas para llegar a su hogar, y la muñequita comenzó a pensar lo impensable… Siempre había visto en ella misma una muñeca sin gracia: Cuando la construyeron faltó material, era obvio ya que sus mejillas no eran sonrojadas y vivas sino que eran pálidas casi hasta hacerla ver enferma. Sus ojitos llenos de esa suave melancolía que parecían tristes de haber pasado tantos años sola no eran como los ojos vivos de las demás, que parecían invitar a los compradores a desear sonreír… Incluso los detalles como sus ropas, que ahora el conde había cambiado por unas más elegantes, habían sido en un inicio algo pobres de color y detalles, pero eso no le había importado antes pues sabía que el dueño la había hecho con tanto amor como a sus geishas o sus princesas rusas… Quizá el conde había conocido a otra muñequita mucho más linda, alguna exótica joven de ojos azules y apariencia rusa que insinuaría con sus labios rojos muchas más palabras que la muñequita soñaba siquiera con decir. Esta preocupación devoraba lo poco maquillaje que simulaba su pintura, haciendo que sus labios delicados estuvieran a punto de fruncirse así se le destruyera toda la porcelana en ello.

Las víctimas del conde que nunca eran escasas parecían ser mucho más constantes últimamente, como si una especie de encanto más allá de lo sobrenatural se hubiera apoderado de ese hermoso vampiro. A pesar de tener las posibilidades de la sangre a su disposición, ésto no hacía mucho cambio a las rutinas del conde, que se alimentaba de una o dos muchachas antes de encaminarse al hogar, deteniéndose a la entrada durante largas horas, mirando la luna de modo perdido mientras llevaba un elaborado pañuelo con encajes a su boca y limpiaba los restos del banquete. Este inmortal parecía desalentado totalmente tras llegar a su hogar, era por eso que no quería entrar al castillo hasta verse pulcro para su muñequita… Esa muñequita que no estaba siquiera “no muerta” y que consumía sus días y noches, que inundaba su cuerpo con tantos sentimientos que había pensado que estaban muertos: La verdad era que estaba enamorado de una muñeca de porcelana, se había prendado completamente de lo que para cualquier niña sería un juguete de colección. El aspecto ligeramente apagado de aquella princesa, esos cabellos finos y negros en los que disfrutaba hundir su rostro para aspirar el aroma dulce de sus cabellos, esos labios perfectos y hermosos y sus ojos, aquellos benditos orbes llenos de esa sensación de melancolía que le enamoraba más y más… Se estaba volviendo loco por esa dama de porcelana.

Cuando llegó ese amanecer con su muñeca, entró tranquilo y limpio de todo rastro, dirigiéndose al cuarto donde reposaba su amada dama y la vio distinta, cosa que era imposible… Sintió que finalmente la locura se había apoderado de él y que todos los siglos de soledad le cobraban la cuenta; su muñeca le miraba con un dolor inusual, con un sufrimiento que él nunca había visto ni siquiera en los más míseros hombres, pero era imposible: Era una muñeca y las muñecas no tenían vida a menos de que se les hiciera algún ritual… Se acercó lentamente, dejando que su capa se arrastrara por la alfombra causando un ligero sonido de roce, se sentó a su lado, recorriendo con sus dedos los cabellos de esa tan amada y se atrevió a pronunciar lentamente a su muñeca: “¿Qué os trae tan acongojada, mi dulce muñequita?” y la respuesta fue obvia: El silencio y una penosa mirada que no podía esquivar la del conde aunque éste sentía que, de haber podido, ella hubiera mirado a otro lugar ocultando su dolor… Y una vez más, los labios de aquella dama no fueron capaces de articular todas esas palabras que conservaba celosamente para sí ni el dolor que estaba quebrando su pequeña e inocente alma.


Los días llenos de silencio continuaron durante un periodo de tiempo ligeramente largo, tiempo que para el conde fue una eternidad sólo por el hecho de sentirse solo. La verdad era que ahora, cuando llegaba y veía a su muñeca, sentía que ella no le miraba como antes… A veces se llegó a sentir culpable de dejarla sola para ir a cazar y pensó que la damita estaba resentida por los pocos cuidados que él le daba. La muñeca por su parte se sentía igual de mal ya que no podía decirle nada al conde y, de saber cómo hablar, no podría decirle mucho pues si estaba algo dolida.

¿Qué había pasado con esas cálidas tardes que compartían juntos aquellos amantes prohibidos? ¿Qué sería de aquel par de seres “inmortales” que ahora sólo se miraban con tristeza?... El conde comenzó a ausentarse más y más e incluso parecía divertirse más cazando presas que soportando el silencio agónico al que se veía enfrentado cuando estaba con su amada; la dama en tanto comenzó a hacer memoria de aquellos días en la juguetería y cómo su creador la cuidaba tan dulcemente a pesar de estar ella tan mal hecha. La soledad los estaba carcomiendo por dentro a pesar de estar ellos juntos y ya nada era lo mismo y entonces la muñeca recordó la única opción para salvaguardar este amor tan puro que tenía por él.

Alguna vez en su estante las vio por la noche… Eran algunas princesas indias y rusas que acompañadas por las geishas movían apenas unos milímetros sus labios para pronunciar el conjuro milenario, pasado de generación en generación entre aquellas hermosas muñecas de porcelana, que era el mismo que ayudaba a las damas de porcelana a poder moverse y casi tener vida. Este conjuro era complejo y tenía varios reglamentos que no podían quebrarse: Si la muñeca era descubierta por un ser vivo se ganaba su muerte, siendo su porcelana resquebrajada por el mismísimo diablo. Otra condición era que la muñeca no podía hacer durar este conjuro más que un par de horas, a lo sumo 6 o la frágil porcelana de su cuerpo iba a resentirse al punto de quebrarse por completo… “Bendito conjuro”, pensó para sí, dedicando así meses al intento en vano de mover sus labios; era complicado mover algo hecho para ser inmovible y a veces sentía como sus labios se resquebrajaban y se preguntaba tristemente si su dueño se daría cuenta de que estaba aún más demacrada que antes.

Aquella noche lo intentó una vez más, separando quizá un par de milímetros sus labios para pronunciar el conjuro secreto y tan resguardado que ningún vivo ha sido capaz de registrar, ni siquiera este escritor. Se sintió dolorida tras producir el sonido, aquel primer sonido casi muerto de sus labios, tan delicado que ni siquiera ella estuvo segura de haber dicho alguna palabra, pero el dolor intenso en las zonas de sus articulaciones parecían corroborar la efectividad del conjuro y, por primera vez, sintió dolor. Quizá quería gritar pero no sabía como hacer sonar sus cuerdas vocales por lo que se limitó a sentarse en su escaparate, mirando la puerta de la entrada fijamente hasta que sintió girarse la perilla y el lento movimiento de la puerta que se habría frente a sí:

-Buenos días, amo…- Susurró con su voz dulce y llena de amor.

¿Qué? –Susurró ligeramente alterado el conde que sentía invadido su hogar. Con prisas se apresuró a añadir. -¿Sabe dónde está, señorita?

-En mi hogar, conde. Respondió la dama de porcelana, levantando su cuerpo con dificultad y dejándose ver por él… “

El impacto del vampiro fue grande, pero no tanto como esperaba la muñeca y, en cierto modo, él reflejó su alivio de no estar volviéndose loco por creer que la muñeca estaba viva de algún modo. Se acercó el conde lentamente, a paso firme, mirando los ojos de la dama que aún conservaban ese aspecto melancólico y que ahora se acompañaban de los labios ligeramente fruncidos… Por primera vez veía la expresión de la chiquilla y era de total tristeza. No se rindió y dio un par de pasos más, extendiendo la diestra y con ella llevando el índice contra los suaves cabellos de la muñeca que apenas atino a unir los párpados en un reflejo.

- ¿Qué os tiene tan acongojada, mi princesita? –Volvió a preguntar como muchas veces antes lo había hecho.

- Pues mi amo ya no me quiere tanto. –Respondió casi marcial.

- ¿Qué no te quiero? Pero mi princesa, si yo te amo con todo mi corazón desde que te vi asomada en la vitrina.-

- Ahora sales de casa y no vuelves pronto por mí, ya no me cuidas como antes y los pájaros me contaron por la mañana que te vieron con doncellas tan bellas como la misma luna… Yo, por mi parte, sólo soy una muñeca que no puede reemplazar los placeres de la carne y ni siquiera… – Fue interrumpida abruptamente por el conde que sin vacilar acercó el rostro al punto de besar los labios fríos de porcelana.



La muñeca 2


Y así la llevó el conde a su hogar, un reino donde las sombras parecían jugar constantemente con la luz de las velas y la luna, cuando correspondía. En su mansión la dejó reposar en el jardín por las mañanas, aún si él sufría dolor por aquellos deliciosos rayos del sol que golpeaban de modo incesante su delicada y pálida piel; realmente no le importaba un poco de dolor a cambio de ver como la suave porcelana de aquella muñequita variaba en ligeros tonos dorados por las bondades del astro rey... Por las tardes, cuando ya se le hacía menos doloroso el enfrentar al sol, se iba el conde a buscar a su muñequita y la llevaba a donde quisiera ir: A veces a la biblioteca a leerle libros que a la damita le enseñaron sobre el mundo, la vida y las pasiones humanas. Otras veces a la sala de estar para que le hiciera compañía mientras él dormitaba. Estas últimas veces, parecía que el conde no pudiera vivir sin ella y le viera como una protectora que con su melancólica mirada velara por sus sueños. La muñeca disfrutó en demasía esta nueva vida; no estaba ya en un estante, pero las vistas de aquel nuevo hogar eran tan o más impresionantes que las que vio en su vitrina. El sol le refrescaba la piel cada mañana y eso la hacía sentir un placer constante, pero le causaba profundo dolor ver como padecía su dueño por satisfacer sus caprichos de princesa. En aquellas tardes de lectura se maravillaba con los mil cuentos que él ofrecía y que siempre le hacía preguntarse cómo se sentiría ser una mujer humana y poder disfrutar de todos los placeres y desdichas que ellas vivían... Finalmente, y lo que a ella más le llenaba, era poder vigilar el sueño de su amo, poder mirar como sus largas pestañas repetían ese constante y nervioso movimiento del sueño profundo, batiéndose ligeramente a veces y algunas otras quedándose casi inhertes, también le gustaba mirar el movimiento de sus labios, que parecían proferir palabras de amor en sus sueños donde de seguro recordaba sus propias pasiones humanas que alguna vez le acompañaron antes de pasar a ser un "inmortal"... Las noches eran otro cuento, pues el conde debía abandonar a su amante eterna para buscar el alimento de cada día y, aunque le diera incluso cierta vergüenza el llegar manchado en sangre, volvía lo antes posible con su dama. Apenas encontraba una víctima la tomaba sin miramientos para luego correr a su hogar, buscando con desespero la mirada triste de su princesita, casi con miedo de que esta muñequita hubiera sido capaz de moverse por si misma y escapar de aquel monstruo que robaba vidas para mantener la propia... Pero no, apenas entraba en su hogar le veía sonriendo tristemente, casi llorando por haber estado sola tanto tiempo pero totalmente encantada de un reencuentro. Él siempre se preguntaba porqué era que la muñequita parecía cambiar su mirada cuando él no estaba, como si estuviera realmente viva e incluso pensó que en verdad era una chiquilla atrapada en aquella muñequita de porcelana pero lo cierto era que la única razón por la que la muñeca aprendió a mirar de diversos modos fue por el intenso amor que comenzó a sentir por aquel vampiro... Un amor tan intenso que insuflaba con una sobrenatural vida a la muñeca que hubiera deseado poder tener más capacidades para decir aunque fuera una vez a ese conde cuanto le amaba... Si tan sólo hubiera podido separar sus labios para dejar que esa voz que siempre quiso tener fuera capaz de articular las más bellas palabras de amor a su conde...

miércoles, 1 de julio de 2009

La muñeca 1

Era una muñequita pequeña de porcelana, que todos los días miraba desde su vitrina la nieve caer a la calle. El gris suelo tiñéndose con el suave color blanco de aquella escarcha era algo hermoso para sus ojitos plateados: Un espectáculo que ni mil millones de monedas de oro podrían pagar y que ella disfrutaba gratis cada noche.

No era fea, pero no era tan linda como las otras que habían ido y venido con prontitud de la juguetería. Quizá era por su carita rechoncha o porque su fabricante olvidó poner el suficiente rubor en sus mejillas el motivo por el cual nadie la compraba, pero a ella no le importaba que sus mejillas fueran blancas como la misma nieve que caía o que sus ojitos plateados no resaltaran tanto como los orbes azules y verdes de sus hermanas, tampoco le importaba que su cabello fuera demasiado oscuro y eso la hiciera ver en extremo pálida: Ella era feliz.

Un día, sin más, entró un varón, bastón en mano. Era un sujeto joven y muy altivo que contrastaba perfectamente con la nieve que había caído sobre la copa de su sombrero negro. Con paso ligero pareció flotar por aquel piso de madera al punto que no causó sonido alguno en aquellos viejos tablones que rechinaban siempre que llegaba una visita… Por primera vez sus ojos se encontraron y la muñequita pareció perdida en el profundo negro de los orbes ajenos mientras su compañero se perdía en el brillo de aquellos cabellos negros y ligeramente ondulados de la pequeña muñequita.

-Disculpe, señor.- Susurró el recién llegado cuya voz era simplemente exquisita.
-Ah… Una noche fría, en verdad –Respondió de modo quedo el dueño de la juguetería.- ¿Qué necesita, joven? –Terminó por responder a la inquietud del comprador.
-Una muñeca. Necesito una muñeca pero no cualquier damita de porcelana; necesito una tan especial que nadie pueda negar que es mía.- Continuó su discurso con calma y haciendo que su timbre de voz resonara en casa estantería.-
-Pues las tenemos muy bonitas, messieur. Podría usted, si gusta, mirar las hermosas muñequitas inspiradas en princesas, que a usted que se ve tan distinguido le harían una excelente pareja, o quizá preferiría el señor algo más exótico. –El viejo, a pesar de su avanzada edad, se movió con agilidad entre las vitrinas señalando algunas cuantas muñecas vestidas con motivos orientales y de hermosos ojos rasgados.
-Pues son todas hermosas, pero no. Yo he visto a una linda damita mirar por la ventana cada día la nieve caer. Esas damas preciosas no se ven todos los días, si sabe a lo que me refiero – A medida que las palabras salían de sus labios una sonrisa leve se dibujaba en el joven.
¡Pero qué curioso! El joven pareciera enamorado de las muñecas de porcelana y ese es un buen dueño. Afortunada sea la muñeca que se vaya con usted… -Dirigió su mirada a la vitrina, reconociendo a la muñeca ligeramente desaliñada y de mirada triste que hacía tanto tiempo había fabricado.- ¿Esa es la que le interesa? –Preguntó sin esperar respuesta y se dirigió hasta la doncella, sacándola de vitrina y posándola frente al joven.
¡Esa misma! –Respondió para luego hacer una leve reverencia frente a la muñequita.- Buenas noches, mademoiselle. Espero usted quiera acompañar a este solitario conde en sus noches llenas de melancolía.

No necesitó respuesta pues le pareció ver que el brillo de sus ojitos plateados le decía un “Sí” fuerte y claro. Pagó el conde al vendedor y se llevó entre sus brazos, envuelta tal como a un recién nacido, a su nueva compañera. Apenas llegó a su hogar la colocó en un pequeño estante de cristal fino junto a su cama y, tras recostarse, dedicó muchas de las horas de su noche a mirarla, a contemplar aquellos hermosos labios faltos de color y esas mejillas redondeadas y pálidas. La muñequita, por su parte, se dedicaba a mirar esos ojos negros y dejarse imbuir de su misterio, dejarse poseer por la belleza de aquel hombre que la había querido justamente por lo que nadie la había comprado antes… Era el inicio de un amor muy particular entre un vampiro y una muñeca de porcelana.


Esa sonrisa podría redimir cualquier cosa.


Hubieron incontables pecados en su vida, pero esa doncella jamás se negó a si misma las posibilidades de ser feliz... Después de todo ¿Quién no ha pecado alguna vez en beneficio propio?

Su vida parecía ir entorno a notas perdidas en un pentagrama universal y aún no comprendía que cada pequeño suspiro formaba parte de una composición de excelencia total... Tal como dicen: Uno no puede definir un diseño con ver sólo un punto del mismo. Se necesita mirar desde un poco más atrás para definir las preciosas formas que se intentan reproducir...

En fin, a lo que nos concierne. Esa chiquilla de pálida piel jamás pensó en buscar realmente su felicidad; esperaba que llegara a sus brazos sin ella tener la obligación de sufrir como tantos mártires que había conocido... Ese ser devoto de alguna causa en particular siempre le había parecido un sacrificio más estúpido que noble... Hasta que le conoció.

De piel morena y una mirada penetrante era el guardia que había ingresado a la elite de guerreros que debían cuidar aquel castillo del que ella era habitante y, más que habitante, parecía un adorno que intentaba dar vida a esos pasillos lúgubres que con sus sombras y humedad asustaban a algunos pasantes. Este joven del que se hablaba tanto recientemente destacaba por su corta edad y su magnifica habilidad con la espada... Habilidad casi demoniaca pues se habría encargado él solo de unos 20 hombres en la última disputa del pueblo.

Se vieron una y mil veces durante las guardias, las cenas y los bailes pero jamás pudieron expresar su amor, pues un guerrero no podría tomar la mano de un princesa ni siquiera si llegara a obtener el rango de héroe. Fue así que los años pasaron y la princesa cayó gravemente enferma y la única cura estaba en un reinado lejos de allí, esperando por un fiel caballero que fuera por él.

Aquella mañana salió en marcha el guerrero enamorado a enfrentar todas las fatalidades que la vida le pudiera preparar por luchar por una doncella enferma y con los meses su voz se perdió en ecos de silencio y lo que antes era un rumor potente de su triunfo se apagó lentamente. La princesa, por su parte, cada día estaba más cerca de abrazar la muerte pero su deseo de estar con el guerrero la hacían esperar...

No se supo con certeza cuánto tiempo pasó antes de que el guerrero volviera con la medicina: Había cruzado el mar y muchas tierras por una mujer y llevaba la prueba física de todo su amor... Entró al castillo rápidamente y entregó a modo de propuesta matrimonial una pequeña botellita con el elixir de la vida... Elixir que era inútil ya pues la princesa había muerto pocos segundos antes de que pudiera su amado enseñar su trofeo... Y así terminó el hombre sólo y con una botella de magia de cuentos de hadas que jamás podría utilizar, pues su princesa del "feliz para siempre" se le había adelantado en el viaje final.