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jueves, 7 de marzo de 2013

En la luna

De cabellos negros como el carbón y con unos hermosos orbes de color plata asomándose por entre aquel perfecto flequillo, se adelantaba hacia el lugar de siempre la pequeña doncella. Ella, fina como ninguna, con su fisionomía más bien fornida pero aún así con una delicadeza indescriptible era conocida por su trato bondadoso con todo aquel que por la luna decidiera dejarse caer, aún con lo imposible que esto sonara...

   Todas las noches los veía ir y venir, con sus hilos de plata viajando de aquí hacia allá, disfrutando del espacio en su apogeo o huyendo a alguna casa vecina a visitar a sus amados. Aquellas eran las almas de los errantes que al caer en profundo sueño visitaban y hacían a gusto lo que sus arcas les negaban; a estos viajeros, como ella les llamaba, solía verlos más de noche que de día y sabía perfectamente que pocos recordaban sus andares en tiempos y lugares perdidos. A veces los contaba pero eran tantos que perdía de vista a la mitad si se distraía en uno y eso en cierto modo le agradaba; disminuía su soledad.

   Fue en una de esas tantas noches que le vio a él, moreno y altivo como ninguno, con ese sutil mirar melancólico fue que llegó hasta la luna y solo le miró largo tiempo. Se acercó entonces ella y le preguntó qué ocurría a lo que él respondió que la vida le parecía amarga y en compañía de tantos su vida se había vuelto un abismo de soledad... Ella le entendía a la perfección, le entendía y sentía en él a un igual así que se sentó a su lado y en muestra de buena fe le regalo un profundo abrazo a su camarada, pudiendo sentir la candidez de su alma y también la maldad que afloraba apenas notoria en su aura. Nunca supo bien porqué pero podía tocar las almas como si fueran sólidas... Probablemente porque ella también era nada más que un alma que se distrajo y perdió su arca, quedando confinada a la luna.


   Pensó, para sí, que tal encuentro no podía haber sido casual y que vería en ese muchacho a un compañero así fuera por las noches, así fuera solo en ciertos periodos en los que la luna pasara cerca de su hogar y pudiera ella deslizar sus manos entre los ínfimos rayos nocturnos para tratar de tocar sus negros cabellos... Pensó, pensó y pensó mucho y así pasaron los días, los meses... Las horas casi infinitas que había vivido esperando las noches se hacían doblemente dolorosas pues no veía en ninguna sombra amiga a su compañero lunar. Casi como cuchillas afiladas traspasando su alma contaba los minutos día a día y se contentaba con verle aunque fuera unos segundos, esperando que entre sus sueños lograra recordarla para así ver en sus ojos el amor devoto que había nacido por él... Esperó y espero pero ella nació en otro tiempo y en otro lugar y, aun si le veía con mucho amor sabía que sus mundos jamás se encontrarían empero fue noche a noche y se sentó en una pequeña roca esperando divisarlo así fuera por unos segundos en los que reviviera en ella una poca la esperanza.

   Pasaron así los meses y ya a más de un año no volvió a verle y en realidad era algo normal, porque probablemente para él no fue más que un sueño con una total extraña a la que no tenia necesidad de volver a ver... Y ella, entre la agonía de la espera y el amor febril tampoco cayó en cuenta que había descuidado su propia existencia por probar un poco más de aquella grata compañía y, sabiendo que estaba en las puertas del total olvido y que con ello desaparecería decidió emprender por sí misma una noche aquel viaje tan peligroso. Dejó sus cosas en la luna y piso un pequeño rayo de aquella que siempre fue su amiga para descender a tierras mortales en tanto su piel se resquebrajaba en la medida que se alejaba de su hogar. Se precipitó en la habitación teniendo los minutos contados y miró al fin cara a cara a quien había amado tanto, miró también su cuarto y vio muchos dibujos de ella que parecían contar el secreto de que vagamente la recordaba. Sin más que pedir y con una triste sonrisa en el rostro se acercó al muchacho y, por primera vez rompió el silencio con una voz delicada y sufrida, muy cansina pero llena de amor para con la misma susurrarle: "Tu mundo y el mío están demasiado apartados el uno del otro, mi pequeño vástago... Incluso amándote con todo lo inhumanamente posible que tengo jamás podré jugar con tus cabellos o compartir un amanecer.... Por eso te doy las gracias... Me has enseñado del amor y como puede disfrutarse un dolor tan intenso... Quizás tú eras lo que me faltaba para abandonar este lugar"... Y tras pronunciar aquellas palabras sintió como en su propio cuerpo algo ardía: desde su pecho se extendía como veneno por sus venas y cayó arrodillada en el piso, quebrándose en mil pedazos y dejando en la habitación una escarcha blanquecina, casi como la nieve en invierno que no tardó en disiparse y hacerla caer en el olvido...



   En tanto ella entregaba su vida a cambio de aquel amor no correspondido, un joven solitario cayó por fin en la luna... El mismo había buscado durante mucho tiempo como volver a encontrarse con esa muchacha pero no había tenido éxito sino hasta ese día... La felicidad rebosó su pecho cuando al fin pudo arribar su destino y le abandonó en cuanto vio, por un pequeño hilo de luna, como en su cuarto una pequeña alma se rompía en pedazos... 




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