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viernes, 29 de marzo de 2013

Ella


Su tiempo en este mundo había sido grato aún si cuando llego a la tierra sus finos pies descalzos se vieron lastimados con las pequeñas piedrecillas de ese sendero dorado... Ella no llegó como todos lo hacemos al mundo; no hubo llantos de bebé ni primeros torpes pasos, cuando ella llegó era ya una adulta, una enviada del destino a la tierra en búsqueda de flores que en la luna se habían perdido hace generaciones.

Magdalena, como la llamaron, fue lo suficientemente valiente como para tomar entre sus manos esta aventura, misma que todos sus demás compañeros decidieron desechar por miedo tanto al fracaso como a la mortalidad. En la raza de nuestra joven Magdalena no existía tal cosa como el ser mortal y, por ello, al afrontar el destino de un "cazador de tesoros" debía hacerse un sacrificio digno: La inmortalidad...

"La gente siempre se ha cuestionado lo que sacrificio significa y siempre tiende a verse como un acto de entrega por el cual tendremos a cambio algo de igual o símil valor" se decía la joven en tanto iba dejando que sus pies se fortalecieran al ir contra las pequeñas rocas a su paso: "Un sacrificio no es un intercambio, sino más bien una entrega que busca volver puro y albo alguna cosa en concreto... El dar una vida sin final es lo más noble que podríamos hacer para volver puras nuestras existencias y así poder emprender el camino del cazador"... Parecía repetirse esto como un mantra para evitar caer en el pensamiento de que su decisión no hubiera sido la correcta y, hasta cierto punto había logrado convencerse de que así era...

¿Conseguiría su objetivo? ¿Moriría primero? Eran esas preguntas las que siempre causaban una agonía casi placentera en su mente en lo que, ya mucho más experimentada, caminaba por las calles de Paris, muy segura de que al fin había dado con la locación exacta de la flor que tenía que llevar a su reino. Caminó directo hacia uno de los rincones oscuros que en las noches servía tanto de cama para los amantes como lo hacía de sepultura a las víctimas de los asesinos... Caminó directo hasta que divisó un par de ojos observándole desde las sombras: Ahí estaba el momento por el que esperó toda su vida.


No tardó en salir de aquel enmarañado rincón una pequeña chiquilla de contextura muy delgada y palidez a tal grado que podría ser su suave tez toda de mármol. Afloró en su hermosa boca una pequeña sonrisa en tanto se acercaba a la cazadora enseñándole las propias manos desnudas.

-Sabía que vendrías por mí, cazadora- Susurró despacio la chiquilla con una voz muy hermosa y delicada
-Si sabías, ¿Por qué es que no tienes armas al alcance? - Dedicó junto con las palabras una queda mirada a su "enemiga".
-Porque estuve esperándote mucho tiempo y ya no soporto más la vida mundana - replicó.
-¿Sabes que vengo a tomar la flor que tienes verdad?-
-Lo sé, espero traigas una daga muy bien afilada... No quiero que duela tanto.-

- ....¿Por qué?... - la joven se veía ciertamente desconcertada en lo que interrogaba a la chiquilla.
- ...Este mundo tiene muchas cosas buenas...Tiene muchas cosas malas... Y tiene cosas que son tan venenosas como agradables al gusto... ¿Sabes? Cuando llegué aquí jamás pensé que caería ilusa y presa de mis propios sentimientos...-

Fue así que comenzó un pequeño cuento donde una hermosa niña  se enamoró de un gallardo caballero... Uno que le dio su amor eterno y al que ella supo corresponder con igual cariño empero, no tardó este sueño en volverse una triste realidad donde la chica pasó a ser un adorno más en una amplia colección de amores... Una de la que tristemente quería escapar. La cazadora, por su parte, escucho en silencio a la dama y habiendo terminado esta última la historia, le cedió su daga susurrando un sutil: " ...La flor es más hermosa cuando decide florecer por sí misma" Y, recibiendo la pequeña flor la daga en sus manos no dudo en blandir el filo directo hacia su pecho apuñalándose con fiereza, y dejando que al caer su cuerpo inerte al piso la sangre fuera tomando la forma de una hermosa rosa roja que la cazadora supo recoger en silencio.

-Mi sacrificio fue dar mi inmortalidad a cambio de ver tu belleza solo un instante, María... Y el tuyo fue el de amar y no saber jamás que Magdalena tu hermana tendría que venir por ti...-

Y diciendo eso, tal como llego, entre las sombras de la noche la silueta de Magdalena cargó el cadáver de su hermana hasta los dorados senderos del retorno.

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