
Desde las sombras más oscuras se abría paso con su fiel daga... La luna reflejaba en aquel filo la sangre de los demonios que a su paso habían caido. ¿Quién era ese angelical ser? ¿Quién se batía a lo más denso de las tinieblas en busca de aquella luz nocturna?
De plata su filo y sus ropas albas como la nieve. Su piel toda una obra de arte con su tono blanco y esos pequeños dos rubores que la hacían parecer una muñeca, en sus ojos dos hermosas amalganas de color azul fiero con un brillo casi espectral y en su fina figura un par de pequeños pechos resaltaban desde la pechera de sus ropajes. Se decía de ella que alguna vez fue una hermosa dama de companía; un sueño etereo para los guerreros que cansados buscaban reposar su cabeza entre sus pechos pero ahora no era nada más que una mercenaria sin dignidad ni orgullo... Sin respeto ni amor.
Antaño se conoció en ella otra persona, muy distante a quien ahora era. Se decía que cayó presa de un mal amor y que con ello ganó la vergüenza de las cortesanas y la burla de los feudos de la época... Una cortesana de su especie enamorada era casi una blasfemia para la sociedad y, aún sabien aquello, ella se arriesgo en todo lanzándose a los brazos de quien solo vio en ella otro de sus tantos pasatiempos... Pero esos, mis queridos, eran otros tiempos y ahora la doncella buscaba casi a ciegas un objetivo mayor, puro y casi martírico: Una muñeca de porcelana. Se le había contratado ya hacía dos meses para una empresa muy poco común, como ella misma pensó cuando se encontró con aquel gallardo señor nocturno cuyos orbes rojizos eran tan penetrantes como los de la mísmisima muerte y aún así tan melancólicos como los de un viejo enamorado.
Dos meses hacía ya desde el inicio de esta búsqueda y nada más que falsas caretas había podido toparse la mercenaria. Por raro que pareciera, el precio de esta famosa muñeca era caro pues en más de una ocasión se batió a duelo con otros mercenarios como ella; otros hombres sin sueños ni esperanzas que se lanzaban a la muerte por unas cuantas monedas de plata, las suficientes para un poco de absenta o acónito y así alivianar su dolor mundano... Mismo dolor que ella compartía en silencio y que le causaba una tristeza vaga cuando su pequeño sable refulgía bañado en sangre al salir de los pechos de sus enemigos...
"¿Quién creo a esta muñeca?, ¿Cuál es la fascinación de todos con un ente inherte?" Eran preguntas que rondaban su cabeza todas las noches pero eso era lo de menos... Lo único importante era que si encontraba a la perdida princesa quizas podría iluminar un poco esos tristes ojos de amante herido en el alma... Esos mismos ojos que ella veía cada atardecer en su reflejo en aquel pequeño espejo que su amado le regaló como promesa de un tiempo mejor...


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