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En tanto la dama mercenaria había iniciado su recorrido en busca del tesoro de aquel conde en algún otro lugar no muy lejano un caballero de cabellos azul cual mar estaba reclinado contra un árbol.... Su mirada estaba cerrada al espectador y la brisa jugaba gentilmente con las finas hebras haciéndolas relucir ante el brillo de la luna... Así, recostado como estaba dejaba en la grama fresca descansar sus pertenencias entre las que se contaban una espada y un escudo y, entre finas sedas de color blanco, algo que apenas se vislumbraba: Una pequeña mano de porcelana.
Habiendo sido un errante durante años aquel joven guerrero la había encontrado triste y abandonada en uno de los tantos campos de batalla donde se involucró; la pena que le dio ver a esa pequeña criatura bañada en sangre le causo una especie de empatía casi como la de un padre al ver caer a su hijo en tanto aprende a caminar. La tomó con delicadeza y limpió con sus propias ropas el rostro de aquella damisela solo para ver lo hermosa que era esta... lo hermosa y triste que estaba. Intentó sonreirle pese a lo estúpido que eso pudiera verse, intentó sacar de ella un poco de ese dolor empero la vio palidecer una poca más. Desde ese día se prometió hacerla feliz y la llevo cual amuleto en cada batalla que tuvo, siempre saliendo victorioso como si la pequeña criatura le cuidara con devoción de una amiga y confidente a su hermano, a su padre, a su amigo.
Esa relación era todo y nada... Si bien ambos desarrollaron un profundo amor el uno por el otro jamás excedió la barrera que les permitiera decirse amantes, pues en ambos corazones había una persona en la cual ya habían dejado descansar aquellos sentimientos: Para él una hermosa concubina a la que tuvo que abandonar solo por la amenaza de la dueña de aquella casa de lujuria quien se había empecinado en conservar a su más preciosa gema incluso si eso le costara la vida de la pobre muchacha...Muchas noches él la recordaba con dolor pues tuvo que mentirle a quien era el amor de su vida solo por salvaguardarla de las perversiones que ni siquiera ella conocía... Le partió el corazón y de paso arrancó el propio; en tanto, de la pequeña era aún más triste, pues sabía que su amor jamás había sido realmente correspondido y que el conde la había conservado allí, inherte como un objeto de decoración en tanto se deshacía con otras mujeres... Ella sabía que a pesar de todo lo que él le había dicho las señales habían sido siempre claras y que tras invocar aquel conjuro que la dejó hablar el aspecto propio decayó al punto que al vampiro no le dio ni un ápice de lástima el dejarla tirada en aquel estante para buscar carnes nuevas...
Así, ambos juntos... En ese amor que lo era todo y nada se hacían compañía, compartían su dolor y la poca felicidad que ese mundo de miseria les regalaba... Aún si eran apenas pequeños trozos de pan que no daban para saciar su hambre, les recordarían al menos que existía la posibilidad de algo más que tormento en sus corazones... Un poco menos de soledad en ese mundo donde habían nacido solos y probablemente así llegarían a su fin...
Desde las sombras más oscuras se abría paso con su fiel daga... La luna reflejaba en aquel filo la sangre de los demonios que a su paso habían caido. ¿Quién era ese angelical ser? ¿Quién se batía a lo más denso de las tinieblas en busca de aquella luz nocturna?
De plata su filo y sus ropas albas como la nieve. Su piel toda una obra de arte con su tono blanco y esos pequeños dos rubores que la hacían parecer una muñeca, en sus ojos dos hermosas amalganas de color azul fiero con un brillo casi espectral y en su fina figura un par de pequeños pechos resaltaban desde la pechera de sus ropajes. Se decía de ella que alguna vez fue una hermosa dama de companía; un sueño etereo para los guerreros que cansados buscaban reposar su cabeza entre sus pechos pero ahora no era nada más que una mercenaria sin dignidad ni orgullo... Sin respeto ni amor.
Antaño se conoció en ella otra persona, muy distante a quien ahora era. Se decía que cayó presa de un mal amor y que con ello ganó la vergüenza de las cortesanas y la burla de los feudos de la época... Una cortesana de su especie enamorada era casi una blasfemia para la sociedad y, aún sabien aquello, ella se arriesgo en todo lanzándose a los brazos de quien solo vio en ella otro de sus tantos pasatiempos... Pero esos, mis queridos, eran otros tiempos y ahora la doncella buscaba casi a ciegas un objetivo mayor, puro y casi martírico: Una muñeca de porcelana. Se le había contratado ya hacía dos meses para una empresa muy poco común, como ella misma pensó cuando se encontró con aquel gallardo señor nocturno cuyos orbes rojizos eran tan penetrantes como los de la mísmisima muerte y aún así tan melancólicos como los de un viejo enamorado.
Dos meses hacía ya desde el inicio de esta búsqueda y nada más que falsas caretas había podido toparse la mercenaria. Por raro que pareciera, el precio de esta famosa muñeca era caro pues en más de una ocasión se batió a duelo con otros mercenarios como ella; otros hombres sin sueños ni esperanzas que se lanzaban a la muerte por unas cuantas monedas de plata, las suficientes para un poco de absenta o acónito y así alivianar su dolor mundano... Mismo dolor que ella compartía en silencio y que le causaba una tristeza vaga cuando su pequeño sable refulgía bañado en sangre al salir de los pechos de sus enemigos...
"¿Quién creo a esta muñeca?, ¿Cuál es la fascinación de todos con un ente inherte?" Eran preguntas que rondaban su cabeza todas las noches pero eso era lo de menos... Lo único importante era que si encontraba a la perdida princesa quizas podría iluminar un poco esos tristes ojos de amante herido en el alma... Esos mismos ojos que ella veía cada atardecer en su reflejo en aquel pequeño espejo que su amado le regaló como promesa de un tiempo mejor...
...¿En dónde fue que se metió esa doncella durante tantos años?
Todos en el pueblo la habían buscado de manera incesante e incluso se aventuró más de uno a entrar en los recónditos escondrijos de su atribulada mente...
Ella era suave y gentil como la brisa de primavera y, aún así, tan fría como una luna hecha de cristal. Siempre fue condescendiente con los demás pero parecía neta formalidad ante su cargo; Una princesa no podía ser mala persona con nadie que se cobijara bajo su reino y, siguiendo aquella prioridad, fue que escogió ayudar a aquel pequeño animal herido, a ese lobo con la piel tan alba como la luna misma.
Para hacer el cuento corto, debo comentar que disfrutaba la muchacha de los paseos en las noches hasta perderse en los bosques a las afueras del reinado y allí fue que le encontró en un charco de sangre, casi agónico y con una flecha atravesando su terso pelaje de color nieve. Se acercó lentamente a mirarle creyéndole muerto ante un cazador pero se sorprendió de buen modo cuando el animal en su miedo y dolor intentó dar una feroz mordida a su mano izquierda. Adelantó de nueva cuenta la mano en dirección al animal tras haberla sacado con rapidez por el miedo causado de aquel ataque; Esta vez fue el resultado diferente y la chiquilla dio alcance a la flecha, jalándola sin miramientos y sin darle tampoco tiempo al lobo de defenderse de aquel implacable intento de cura, tan así fue que el animal tras un doloroso aullido cayó inconciente al piso, perdiendo la noción de si...
Al despertar el animal se vio a sí mismo vendado y bastante compuesto, también vió un plato de lindos adornos dorados con carne cruda y fresca así como un plato con agua que también destacaba por aquel brillo que cual sol le hacía aguzar sus ojos. Otra cosa que pudo ver en su estado casi letárgico fue a la muchacha que le miraba quedamente, apenas parpadeando y que ofreció una fría y ceremonial sonrisa cuando le vio ponerse de pies...
-Hola, señor lobo. Debo decirle que usted es un especimen afortunado... -Susurró tranquila en tanto se acercaba a él. El animal se limitó a gruñirle con cierto temor -Oh, no, no piense que le quiero dar muerte... Es otra cosa la que busco en usted, señor lobo -Su tono de voz se iba volviendo más meloso conforme avanzaba y una sonrisa casi lasciva se dibujo en sus finos labios...
Sin darle tiempo de respiros la chiquilla desenfundó una pequeña cuchilla plateada que hundió prolijamente en el pecho del animal. No tardó ni un segundo en destellar con fuerza un fulgor plateado que dibujo al animal en todo el cuarto y que, tras apagarse abruptamente, dejó ver a un muchacho de blancos cabellos que miraba algo confuso a la princesa y se dejó guiar por aquel aroma tan embelezante que sintió provenir de ella... Ese olor a deseo que muchas veces encontró en otras de su especie y que tan bien recibido era por él. Sonrió sin saber bien aún cómo hacerlo y se avalanzó sobre la muchacha que simplemente se dejó amar por aquella bestia, sintiendo como arañaba sus ropas con brutalidad casi asesina y como separó por instinto sus piernas, aprovechando su propia desnudez para poseerla y disfrutar de los manjares mundanos de aquel cuerpo de doncella que tan regaladamente se le había ofrecido.
Pasaron los meses y el lobo, que tras unos días volvió a su forma normal, escapó hacia los bosques al aburrirse del trato preferencial que tenía por sobre otros hombres en el reino y tampoco se vio detenido por la princesa, así que hizo de su huída algo rápido y certero. Otros meses más se dejaron caer sobre la doncella que ya tenía en su vientre un bulto considerable y por el cual se le consideró hereje y casi una abominación... Nadie sabía lo que tramaba la mujer y se le creyó además de bruja, lunática...
Así tras el tiempo justo, la mujer entró en labor de parto y ante las contracciones se adentró silenciosamente en el bosque, buscando a su amado lobo para que viera la prenda de su amor. Unas millas más allá se dejó caer cansina y apenas pudiendo soportar el dolor del parto, se recostó entre la grama suave y comenzó diligente el trabajo de traer al mundo a su cría, sintiendo como se le iba la vida en cada suspiro... Unas cuantas horas y escuchó a un lobo aullar a la lejanía y sintió como su corazón se agitaba completamente ante aquella "voz" familiar, mas no dejó su labor de parir hasta que escuchó llorar a la pequeña criatura... Más hermosa que todas era la pequeña infante que de sus entrañabas había escapado y ella misma envidió la belleza de su hija, empero no tuvo tiempo de disfrutarla pues el olor de la sangre había atraído a su amado que, habiéndola olvidado hace muchos meses, se lanzó al ataque de la pobre mujer haciéndose su comida a base de feroces mordizcos en su cuerpo, penetrando con aquellos colmillos su piel y carne blanda y blanquecina, dejándola a medio morir en un charco lleno de sangre y dejando a su cría recien nacida en la entrada del bosque, llena de sangre...
Y era ella suave y
gentil como la brisa de primavera y tan fría como una luna
hecha de cristal. Encontrada por unos cazadores que venían de sus labores justo a la entrada del reino... Más hermosa que todas y aún así silente y casi sin emociones... No tardaría mucho en entrar en gracia del rey y ser adoptada como la nueva princesa del reino solo para que todos en la comarca pudieran alardear de su belleza... Y ahí, cuando llegó a su nuevo cuarto vio una pequeña cuchilla plateada y al fin, por primera vez, una sonrisa se dibujó en sus labios... La suerte estaba echada para esta hija de la luna.