
Era frívola, como pocas, pero así mismo la más hermosa de las rosas...
Nació en temporada, abriendo sus pétalos a los misericordes rayos de sol que la cobijaron para contemplar, con tristeza, que tan bella flor era la más despiadada de sus princesas.
De malas costumbres y asesina por naturaleza, esta rosa se encontraba sola en su rosal, rodeada por cientos de espinas y ninguna otra hermana, pues la muy egoísta había ahogado en el tallo cualquier otra que pidiera competir con su belleza.
Siendo el camino su sustento para atrapar miradas de jóvenes viajeros, no tardó en hacerse fama por clavar a más de alguno... Sobre todo a quienes vieron en sus pétalos el deseo de un amor inconcluso... Hubiera sido, en verdad, una hermosa prenda para la dama amada pero esta flor, que no amaba a nadie que no fuera ella misma, no iba a darle a ningún extraño el lujo de ostentar con ella galantería.
Curioso fue que la pequeña flor que ahora era una dama de rojos labios cayó presa del amor más cruento.. Pues sus ojos fueron a dar con los de un cuervo que paseaba uno que otro día por las cercanías, trayendo en su pico siempre objetos brillantes que encandilaban los pobres ojos de la princesa de hielo y esta nunca pudo ver en verdad de quién se había enamorado...
Tras un tiempo y haciendo uso de toda su belleza la flor llamó pretenciosa al joven cuervo, haciendo ademanes con sus hojas y dejando caer un par de sus pétalos: "Oh, joven cuervo, creo que el clima es cruento y me ha dejado sin agua... ¿Podrías traer en tus alas el rocío de la montaña?" ... No hubo respuesta... Ni afirmativa ni negativa y el cuervo simplemente siguió su camino, surcando los cielos en total despreocupación... Día a día siguió la rosa con su súplica, llorando desconsolada a su mal amor... Hasta que entre súplica y súplica un día bajó el cuervo desde lo alto de los cielos y la miró solo para responder agriamente:
"Día tras días me llamas, me pides rocío en mis alas y dejas caer tus pétalos al suelo por mí... ¿No te has visto acaso? Ha sido tanto tu afán de llamar mi atención que eres apenas un atisbo de la flor que eras... Ni un pétalo para ofrendarme ahora que he bajado y... más aún... Ni siquiera algún brillante relicario con el que comprar mi amor..."
Y tras aquel breve discurso, aleteó con violencia, llevando en un pequeño remolino todos los pétalos de aquella petulante flor, despojándola de su belleza y arrancando con gentileza su vida de los suelos.


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