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viernes, 4 de noviembre de 2011

Invierno.


Era la noche más oscura del invierno y la muchacha seguía sentada en la penumbra observando hacia la nada. Llevaba más de dos o tres días sin dormir a causa de aquellos fantasmas que constantemente atormentaban su mente trayéndole recuerdos de esos momentos que había intentado olvidar a toda costa.

Esta noche, la más oscura y fría del invierno, no era distinto... Tomó entre sus manos un pequeño trozo de papel y se aferró a él con todas sus fuerzas mientras miraba hacia su frente, hacia esa oscuridad que parecía consumir su albo cuarto sin tregua alguna. Flectó sus rodillas para poder abrazarse a sus piernas sin soltar aquel papel, uniendo los párpados con una violencia repentina que hacía que su suave y hermoso rostro pareciera contraído por el dolor... Cual porcelana fina estrellándose contra el piso de mármol ante manos descuidadas fue que su joven y bellísimo rostro se fue deformando conforme pasaban las horas...

Para cuando dieron las doce de la noche el silencio que reinaba en su habitación era casi absoluto... La única excepción era su respiración que se escuchaba penosamente lenta y cansada, como quien fuera a morir en cosa de minutos. Decidió moverse pausadamente, dejando caer el papel a un costado de la cama mientras se reincorporó en el piso; ella sabía de sobra que esos fantasmas seguían ahí y que esperaban ella decidiera moverse para atacar pero realmente ya no tenía miedo y para cuando las heridas comenzaron a abrirse en su cuerpo la joven solo sonrió delicadamente, mirando como líneas rojas se marcaban como pequeños destellos en el cuarto y como esos mismos destellos iban convirtiéndose en borbotones alrededor de sus brazos, sus piernas y su pecho... Cayó así al suelo frío como una muñeca de trapo, sonriendo porque aún si el precio había sido su vida, ella fue capaz de confrontar a esos demonios que jamás la dejaron ver la luz del sol...