
Intentó por todos los medios complacer a su príncipe; De una y mil maneras se vistió para aquel agrio chiquillo que reclamó con dulce sonrisa su inocencia y su corazón.
Cierto era que la Cenicienta ya no sufría por ser una hermanastra condenada a los quehaceres del inmenso castillo, pero ahora era peor, puesto que debía sacrificarse al doble para estar a la altura de su "final feliz". ¿Cómo fue que aquella zapatilla de cristal la condenó a servir ciegamente a un monarca infantil que no sabía ver la belleza de tan angelical rostro?... Ella nunca supo responderse aquella interrongante.
Ahora, tras su "Final feliz" aún se sentía triste y amargada: Sí, quizá tuvo que comer con cerdos pero era mil veces mejor ello a tener que ver a su "Príncipe azul" escupiendo veneno cual serpiente sobre su mesa, sobre su cama y sobre su delicado cuerpo... No soportaba ya ver esos labios que alguna vez la besaron con tanta devoción en este presente donde sólo servían para amargar a quienes le rodeaban, donde sólo se incubaban mentiras dignas del mejor estafador y que a ojos de la doncella no eran ni más ni menos que la prueba de que sus constantes esfuerzos por hacerlo un mejor hombre no estaban surtiendo su mágico efecto.
Así la dama continuó aguantando un poco más cada día, esperando con fe que su príncipe abriera los ojos un día y viera el hermoso día que se les regalaba para disfrutar juntos y no cada quien por su parte, como solía pasar ya hace un año... Así continuó la dama rezando por un milagro que fuera capaz de devolverle a su hombre, su felicidad, su humildad y sobre todo ese "Final Feliz" que escuchó pronunciar a su hada alguna vez, mucho tiempo atrás...

